La libertad de ser

49 Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro - Del 2 al 26 de julio
 

La libertad de ser

Hay personas que han esperado toda una vida para poder ser quienes son.

No hablo solo de jóvenes. Hablo también de hombres y mujeres que crecieron en una España donde expresar libremente sus sentimientos podía significar el rechazo familiar, la burla social o, sencillamente, la condena al silencio. Personas que aprendieron a ocultarse, a medir cada palabra, a disimular afectos y a vivir una parte de su vida de puertas para dentro.

Y quizá sea en historias como estas donde mejor se entiende lo que España ha avanzado en estos cincuenta años.

Porque si algo ha caracterizado estas cinco décadas no ha sido únicamente la consolidación de nuestras instituciones democráticas. La historia de la democracia española es también la historia de un país que ha ido ampliando derechos y libertades para que cada vez más personas pudieran vivir con dignidad, sin miedo y sin tener que esconder quiénes son.

Sin embargo, hay una realidad que debería hacernos reflexionar en este Día del Orgullo.

España es hoy uno de los países más avanzados del mundo en el reconocimiento de los derechos de las personas LGTBI. Hemos recorrido un camino extraordinario. Pero al mismo tiempo, los informes más recientes alertan de un aumento de las agresiones, del acoso y de los incidentes de odio. Nunca hemos tenido tantos derechos y, sin embargo, seguimos viendo cómo algunos cuestionan la dignidad de otros por el simple hecho de sentir diferente. Esa es la paradoja de nuestro tiempo. Y también la razón por la que el Orgullo sigue siendo necesario.

Hace poco más de veinte años España dio uno de los pasos más importantes de su historia democrática al reconocer el matrimonio igualitario. Hubo quien anunció catástrofes. Hubo quien intentó presentar aquella conquista como una amenaza. El tiempo ha demostrado exactamente lo contrario. Más de 82.000 parejas han podido construir sus proyectos de vida gracias a aquella decisión. Detrás de esa cifra hay familias, hijos e hijas, historias de amor y de normalidad. Hay miles de personas que dejaron de ser tratadas como diferentes para ser reconocidas con la misma dignidad y los mismos derechos que cualquier otro ciudadano.

El tiempo también ha demostrado otra cosa: cuando ampliamos derechos no perdemos nada. Ganamos todos.

Quienes vivimos en una provincia como Ciudad Real sabemos bien de qué estamos hablando. Durante años hubo personas que tuvieron que marcharse para sentirse libres. Otras decidieron quedarse y convivir con el silencio. Y otras siguen hoy ocultando una parte de sí mismas por miedo al rechazo o a la incomprensión. Esta realidad no ocurrió en lugares lejanos. Ocurrió en nuestros pueblos, en nuestros barrios, en nuestros centros educativos y en nuestros entornos familiares.

Por eso el Orgullo no habla únicamente de diversidad. Habla de libertad. De la libertad más básica y más humana: la de vivir sin miedo.

Preocupa comprobar cómo vuelven a abrirse debates que parecían superados. Cómo resurgen discursos que señalan a quienes son diferentes. Cómo algunos intentan presentar como privilegios derechos que costaron décadas de esfuerzo, de activismo y de compromiso democrático. Los avances no suelen desaparecer de golpe. Empiezan a erosionarse cuando dejamos de defenderlos o cuando olvidamos por qué fueron necesarios.

Por eso este Día del Orgullo es también una invitación a la memoria. A recordar de dónde venimos y a valorar lo que hemos conseguido como sociedad.

Quizá la mejor forma de medir estos cincuenta años de democracia no sea contar únicamente las leyes aprobadas o las elecciones celebradas. Quizá debamos medirlos también por las vidas que han cambiado. Por las personas que han dejado de esconderse. Por quienes han podido amar libremente. Por quienes han encontrado finalmente su lugar en una sociedad más libre.

Porque si algo hemos aprendido en este medio siglo de democracia es que la libertad nunca resta dignidad a nadie. Al contrario, la multiplica.

Hubo un tiempo en que algunos consideraban indecente que determinadas personas pudieran amar libremente. Hoy sabemos que lo verdaderamente indecente no era el amor.

Lo indecente era obligar a esconderlo.

David Broceño Caminero
Subdelegado del Gobierno de España en la provincia de Ciudad Real

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